miércoles, 15 de diciembre de 2010

LA PLENITUD DE LA EXPERIENCIA HUMANA

Por Verónica Monteverde Carrera


Los seres humanos, desde que nacemos, atravesamos por momentos de inestabilidad y experimentamos sentimientos de dolor, preocupación y tristeza. A pesar de ello, tratamos de convencernos a nosotros mismos que llegaremos a ser felices cuando logremos la realización plena a nivel profesional, sentimental y económico. Pero ¿tenemos que esperar a que esa etapa de nuestra vida llegue para ser felices? ¿Y por qué no serlo ahora, en cada instante de nuestro día a día?
Esta interrogante nos lleva a pensar que la felicidad es un camino inacabado y no un destino predeterminado, que es un medio y un fin en sí misma, porque el tiempo no espera por nadie para ser feliz. Pero ¿dónde estaría realmente la felicidad?
A través de este ensayo deseo explicar que ser felices depende de nosotros mismos, de tener una vida plena que nos permita construir un mundo mejor. Y encontrar por fin lo que tanto buscamos: la felicidad.
Pero de esta manera surge otra interrogante ¿qué es felicidad? Normalmente definimos la felicidad como un estado de ánimo que se complace con la posesión de un bien. Pero para Sócrates y Aristóteles la felicidad era mucho más que eso: un bien supremo, considerado como el fin de todas las cosas (1). Un fin buscado por el hombre que debe ser suficiente para que la vida sea más deseable y no se necesite nada más. Por ejemplo: un médico busca el bien de la salud. El soldado la victoria, el marino la buena navegación, etc.
Son muchos los bienes que el hombre aspira alcanzar a lo largo de su existencia, pero no todos son de la misma jerarquía. Unos son más elevados que otros.
Jostein Gaarder menciona en su libro “El mundo de Sofía” que para Aristóteles existen tres clases de felicidad: la primera es una vida de placeres y diversiones. La segunda, vivir como un ciudadano libre y responsable. La tercera, una vida en la que uno es filósofo e investigador (2). Según este autor, las tres condiciones tienen que existir para que el hombre pueda vivir feliz: “No existe una forma única”.
Cabe aclarar que este bien no sólo radica en la riqueza, en los honores o en el éxito, sino en una vida virtuosa que debemos llevar para mantener la armonía con nosotros mismos y con los demás. En pocas palabras, para ser felices también necesitamos ejercitar la mejor parte del hombre, aquella que posee la razón. A esta razón le llamamos virtud, que es la que nos permite distinguir entre el bien y el mal. Vivir y obrar bien no es otra cosa que la causa y la consecuencia de la felicidad en sí misma, cuya base es la virtud.
Sócrates estaba convencido de que los buenos pensamientos nos llevarían a las acciones correctas, pues la virtud, como práctica del bien y del obrar humano, nos lleva a reflexionar acerca de cómo mejorar los actos propios del hombre. Por tanto, alcanzaremos la felicidad en la medida que desarrollemos la virtud en nosotros mismos.
En la ética aristotélica existen dos clases de virtudes: la prudencia y la sabiduría. La primera se dedica al perfeccionamiento del conocimiento y es la que nos va permitir discernir entre lo que es correcto y lo que no lo es; mientras que la segunda cultiva la forma de ser de cada persona. De estas dos la más importante es la prudencia porque nos permite elegir los medios correctos. Es así que esta idea nos llama a la reflexión de que la felicidad depende de nosotros mismos. Esto debe abarcar no únicamente una perspectiva racional, sino también emocional. ¿Es imposible hablar del hombre sin hacer mención a su naturaleza dual: razón – sentimientos? ¿E igualmente es imposible hablar de un individuo sin sociedad? Ambos tienen una interdependencia por lo cual es preciso pensar no solo en el bien de uno mismo, sino también en el bien de la colectividad.
Como podemos darnos cuenta son muy pocas las personas que sabemos que tener una vida plena depende de nuestras propias potencialidades. Sin embargo, ¿no implicaría esto también un sacrificio? Ya que primero debemos aceptar nuestras adversidades. Somos libres de escoger en que camino ir, todo depende de nosotros mismos. Pero ¿por qué no asumir el reto? ¿Por qué no empezar desde hoy dándole un giro a nuestras vidas? Recordemos que no dependemos de lo que tenemos, sino de lo que verdaderamente somos en esencia. Hoy en día existen personas que distorsionan la verdad, cometen actos de corrupción y simultáneamente corrompen a la sociedad. ¿Alcanzarán ellos la felicidad?, me pregunto.
Para concluir este ensayo sobre la plenitud de la experiencia humana, quiero compartir la siguiente frase de Oscar Wilde: “Amarse a uno mismo es el principio de una historia eterna”.  Creo que estas palabras nos ayudan a reflexionar respecto a la plenitud humana y la oportunidad real de llegar a ser felices. Nuestro amor propio nos ayudará a tomar buenas decisiones y hacer lo correcto.
Ten presente que la felicidad nos exige ser prudentes y sabios.  La plenitud depende de nuestra capacidad para discernir y ver qué es lo más correcto para nuestras vidas. Así que cuando te sientas triste decide ser feliz, piensa en lo incorrecto que has hecho y empieza de nuevo. Disfruta todos los días de tu existencia y no te dejes agobiar por los malos pensamientos. Mucho menos esperes que llegue ese estar bien: ¡constrúyelo tú mismo! No hay mejor momento que el momento presente para ser feliz.


(1) Aristóteles. Gran ética. Ed.1. España: Juan Carlos García, 1984.  189pg.     ISBN: 84-499-7193-4
(2)
Garder, Jostein. El mundo de Sofía, novela sobre la historia de la filosofía. Ed. 37. 638pg. ISBN 8478443223, 97884784430222



















Verónica Monteverde Carrera. 18 años. Callao. Le interesa la producción audiovisual.






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