“A VER, SANCOCHADO, QUÉ PASA”
Una conversación con Guillermo Rossini
Responsables:
Emilio Alberca Ruíz
Joseph Bernardo Común
Jorge Buendía Ríos
Irvin Del Carpio Rodríguez
Sentado frente al monitor de mi computadora calo el humo de un cigarrillo que contamina mi cuerpo pero estimula mi mente. Debo recrear mi primera incursión periodística, el más emocionante de los trabajos que he realizado hasta ahora.
Tercer jueves de octubre. El profesor de Comprensión y construcción de textos solicitó que formáramos equipos de trabajo y trazáramos un plan para realizar una entrevista. Como ya es costumbre, Jorge (el “Bana”), Emilio (el “Gordo”), Joseph (el “Cuy”), y yo (el “Chato”) decidimos trabajar juntos:
Emilio: “Chato”, entrevistamos a Freddy Ternero como en el primer ciclo.
Irvin: No creo, “Gordo”. El otro día le escuché decir a mi viejita que está de vacaciones y que vuelve en un mes.
Emilio: ¿Ah, sí? ¿Y ahora a quién entrevistamos? ¡Piensa, "Cuy", piensa!
Jorge: ¡Ya sé! Hay que entrevistar a Efraín Aguilar, por el “boom” de su miniserie.
Irvin: Pero va ser bien difícil. Mejor porque no entrevistamos a Miguel Barraza.
Joseph: Claro, Barraza es más accesible. Vamos a su cebichería, le invitamos un par de “chelas” y lo entrevistamos.
Emilio: No pasa nada. Efraín Aguilar es la voz. Si le ponemos fe nos da la entrevista.
Irvin: Bueno, entonces entrevistamos a “Betito”. Y ¿cómo hacemos?
Jorge: No se preocupen. Yo me encargo de sacar la cita.
Finiquitado el primer paso correspondía dar el siguiente: conseguir la mayor cantidad de información sobre Efraín Aguilar y con ella elaborar un cuestionario de veinte preguntas. Con el transcurrir de los días todo empezaba a complicarse. Conservábamos una pequeña esperanza. El cuestionario vivía aun:
Irvin: ¿Aló, Jorge? ¿Qué fue de la cita?
Jorge: Chato, te tengo una mala noticia.
La atmósfera se puso tensa.
Irvin: Yo sabía que Efraín Aguilar nos iba a fallar. ¿Qué pasó?
Jorge: Dice que no puede ser esta semana, pero si queremos nos la da dentro de un mes.
Irvin: Ya sabía, “Bana”. Yo les dije que Efraín no. Barraza era la mejor opción, pero ustedes no quisieron. ¿Ahora qué hacemos?
Jorge: No sé. Habrá que buscar otro personaje.
Irvin: Es fácil hablar, pero difícil actuar. Solo nos quedan unos días para conseguir la entrevista, editarla y entregársela al profesor.
Jorge: Ya pues, “Chato”, no te pongas así. Ninguno pensaba que Efraín Aguilar nos iba a cancelar.
Ahora sí nada podíamos hacer por el cuestionario: había fallecido luego de una semana en cuidados intensivos. No quería renegar ni menos frustrarme. En ese momento recordé dos consejos que solía escucharle a mi abuela: “Dios sabe por qué lo hace”, y “Las cosas siempre suceden por algo”.
Irvin: Bueno, ya no se puede hacer nada. Llama al “Cuy” y al “Gordo” y coméntales lo sucedido. Diles que se conecten al MSN para ver cómo nos reorganizamos.
Jorge: Está bien, amigo. Yo les aviso. No te preocupes.
Todo volvió a la calma. Ahora había que escoger un nuevo personaje. Dos quedaron en el bolo: Federico Salazar y Daniel Peredo. La primera opción se cayó antes de veinticuatro horas: Federico Salazar estaba de vacaciones. Le enviamos un mensaje a Daniel Peredo a su cuenta de Facebook: nunca nos respondió. A pesar de ello no dejaríamos morir otro cuestionario.
A dos días de la entrega del trabajo no teníamos nada. Acordamos ir al edificio de Cable Mágico, ubicado frente a la Vía Expresa. Todo estaba listo. Ya habían transcurrido noventa largos minutos desde que el “Bana”, el “Gordo” y yo tomamos el autobús que nos dejaría en nuestro destino. El calor nos sofocaba más de lo que ya estábamos. Debido a la emoción y nerviosismo nos pasamos hasta el Jockey Club, cuando debimos bajar en el paradero de Aramburú:
Emilio: “Chato”, creo que ya llegamos.
Irvin: Estamos en el trébol de Javier Prado, pero la verdad no sé si es aquí.
Jorge: Ya vez, sabelotodo. Yo te dije que debíamos bajar en la Vía Expresa.
Irvin: ¿En qué momento dijiste eso?
Jorge: Cuando el autobús cruzó la Vía Expresa con Javier Prado.
Emilio: Todo por la culpa del sabelotodo del “Chato”. No debimos hacerle caso.
Decidimos dejar la discusión para otro momento y preguntarle a cualquier transeúnte dónde quedaba Aramburú. El cobrador de una Couster nos lo dijo: “Tienen que volver hasta la Vía Expresa, cruzan pal frente y de allí se van pa la mano izquierda”. Después de esa catedrática explicación evaluamos tres opciones: ir hasta el edificio de Cable Mágico, comer algo y retomar nuestra travesía, abortar la misión.
Por votación ganó la mayoría y decidimos ir hacia Aramburú en busca de Daniel Peredo. Sin imaginárnoslo lo peor estaba por suceder. Subimos al autobús que nos dejaría en aquel templo. Pero cuando llegamos el templo se convirtió en mazmorra ya que en ese lugar no trabajaba Peredo, sino en el edificio de Media Networks, ubicado en el distrito de Jesús María. En ese momento tuvimos que tomar la triste decisión de sepultar otro hijo (cuestionario).
Nuestros ánimos estaban por los suelos. La apatía invadía cada célula de nuestros cuerpos. De repente nos asaltó una idea: presentar una foto junto a un famoso, inventar veinte preguntas, redactar una entrevista y dar por terminado el calvario. Con algunas artimañas podíamos engañar al profesor y obtener una nota aceptable. Pero en nuestros corazones sabíamos que eso no era lo correcto. A lo mejor fue el periodista que los cuatro llevamos dentro quien nos motivó a no darnos por vencidos.
Nuestros ánimos crecían conforme nos acercábamos al edificio de RPP, la radio de noticias más importante del país. Al llegar le dijimos a uno de los vigilantes que éramos estudiantes de Ciencias de la Comunicación y le preguntamos si nos podía dejar pasar. Nos dijo que no. Sin embargo, nos dio un dato que resultaría decisivo para nuestro trabajo: “Ahorita están al aire “Los chistosos”. Con ellos pueden hablar. Manolo Rojas siempre sale primero, caminando. Luego sale Vidaurre manejando su carro, pero él es más creído. Al que sí pueden entrevistar es al tío Rossini. Ahorita sale en su carro rojo. Él es recontra buena gente”.
Ni bien lo vimos salir lo abordamos. Amablemente le solicité una entrevista para el día siguiente. Su respuesta fue “No puedo”. No me di por vencido he insistí. Para alegría nuestra escuché de su voz la gloria, la dicha absoluta: “Está bien. Mañana vienen y le dicen al encargado de seguridad que los deje entrar porque tienen una entrevista con Rossini”. Aquellas palabras nos devolvieron a la vida.
Guillermo Rossini nos citó a las 4:15 p.m. y exigió puntualidad. Sin imaginármelo, el destino nos tenía preparada una última sorpresa. Faltaban treinta minutos para que terminara el programa “Los chistosos” cuando ingresa una llamada a mi teléfono móvil:
Jorge: ¿Alo, “Chato”? ¿A qué hora llegas?
Irvin: Jorge, creo que no llego. Todavía estoy en la Av. Aviación. Si el tiempo me gana entras con el “Cuy” y lo entrevistan los dos.
Pronuncié esas palabras con el dolor de mi corazón pues había sido yo quien consiguió la entrevista y por lo tanto era a mí a quien le correspondía realizarla. Las agujas de mi reloj avanzaban cual correcaminos. A ratos recordaba la entrevista que le había realizado a Freddy Ternero y la sensación de que pude haberlo hecho mejor. Esta era la oportunidad que tanto había esperado. Guillermo Rossini aguardaba en el edificio de RPP. Decidí bajar del autobús y emprender el tramo que quedaba a la carrera:
Irvin: Bajo aquí.
Cobrador: Aquí está prohibido. El paradero es más adelante.
Irvin: O sea que tú quieres que te haga caso para que, de pasada, aproveches y recojas algunos pasajeros.
Cobrador: Aquí no es paradero.
Irvin: Allí tampoco, así que abre la puerta que tengo una cita con Guillermo Rossini.
Corrí hasta Metro. Di un respiro y continué hasta RPP. Llegué sudando. Para mi sorpresa mis amigos nos estaban. El vigilante, buena gente, me pidió mi DNI y me dejó entrar. Debía subir hasta el cuarto piso. El ascensor estaba lleno, que digo lleno, repleto. No me quedaba otra opción que trepar por las escaleras. Como una ráfaga de luz llegué en segundos. Ingresé a la sala de espera y allí veo al “Cuy” y al “Bana”. Los saludo y me desparramo en uno de los sillones desocupados. Para mi suerte el tío Rossini recién salía de la cabina desde donde se produce el programa “Los chistosos”.
Por fin el destino empezaba a sonreírnos. Saludamos a nuestro entrevistado, quien desde el saque nos demostró por qué es considerado uno de los comediantes más talentosos del país: “¿A ver, sancochado, qué pasa?”. Sonriendo por su ocurrencia volví a explicarle que debíamos entrevistarlo. Nos condujo a un cuarto ubicado en el mismo piso. Allí se realizó la entrevista.
El inicio fue de lo mejor. La primera pregunta que le hice fue qué se sentía ser considerado el humorista más querido del país. Su respuesta lo pintó de cuerpo entero: “¿Qué, yo soy el más querido? No lo sabía”. El cuarto explotó en carcajadas. Con la siguiente pregunta buscaba averiguar cuál había sido su primera imitación. Pensó la respuesta por un momento y luego respondió: “Yo imito desde muy pequeño. Iba a los cines, ya que antes se transmitían noticieros, y copiaba las voces de los locutores de la BBC de Londres”.
Mi curiosidad aumentaba. Le pregunté por el gran Augusto Ferrando. No vaciló ni un segundo: “En el hipódromo fue donde Ferrando se dio cuenta de mi talento para narrar las carreras de caballos. De allí me jaló para que me presentara en Trampolín a la fama”. ¿Y quién fue el primer político al que entrevistó? “A Morales Bermúdez y a todos los integrantes de la junta militar. Gracias a esas imitaciones, Carlos Álvarez y Jorge Benavides son famosos”.
Hubo un tiempo en que Guillermo Rossini fue regidor de la municipalidad de Jesús María. Quise saber si esa labor lo alejó del humor. Su respuesta volvió a sorprendernos: “A mí nunca me gustó ser regidor, pero las ganas de ayudar al pueblo eran más grandes”. Su permanencia en la televisión se vio interrumpida cerca de dos años. La edad y el cuerpo ya no respondían de la misma manera. Para su regreso le ofrecieron un mejor ambiente laboral (la edad ya no le permite estar demasiado tiempo de pie). ¿Y cuál ha sido la imitación más complicada? “La mejor y la que más satisfacciones me ha dado es la del presidente Manuel Prado, junto a la de Morales Bermúdez. Nunca tuve miedo a sufrir represalias porque las hacía con respeto y ética profesional”.
Con la siguiente pregunta buscaba descubrir las claves de su éxito. El señor Rossini nos miró y me dio una respuesta que me pareció una lección de vida: “La dedicación y perseverancia, hijos”. ¿Y qué planes tiene para el próximo año? “Como un abuelito que anda con su bastoncito quiero continuar robándole carcajadas al público, hasta que Dios me de vida y me diga “Rossini, ya vámonos”. Y ahora me disculpan pero me tengo que retirar”. Incluso al hablar de su futuro se dio el lujo de bromear con nosotros.
El “Bana” aprovechó para pedirle un autógrafo: “Es para mi abuelita”, le dijo. El señor Rossini lo miró de reojo, le mostró los dientes, y recordó que hace un tiempo una muchacha le robó un autógrafo con la misma excusa. “Bueno, pues, me saludas a tu abuelita”.
Ya en la calle quisimos celebrar nuestro primer gran triunfo académico. Fuimos a Metro, compramos un panteón y una gaseosa de litro y medio y caminamos hasta el parque más cercano. Como solía decir mi abuelita: “Las cosas siempre suceden por algo”.
De izquierda a derecha:
Irvin Del Carpio Rodríguez. 19 años. San Martín de Porres. Le interesan el periodismo deportivo y cultural.
Joseph Bernardo Común. 18 años. San Martín de Porres. Le interesan el periodismo deportivo y la producción audiovisual.
Emilio Alberca Ruíz. 19 años. San Martín de Porres. Le interesa el periodismo deportivo.
Jorge Buendía Ríos. 18 años. El Rímac. Le interesan la producción audiovisual y el periodismo de investigación.
De izquierda a derecha:
Irvin Del Carpio Rodríguez. 19 años. San Martín de Porres. Le interesan el periodismo deportivo y cultural.
Joseph Bernardo Común. 18 años. San Martín de Porres. Le interesan el periodismo deportivo y la producción audiovisual.
Emilio Alberca Ruíz. 19 años. San Martín de Porres. Le interesa el periodismo deportivo.
Jorge Buendía Ríos. 18 años. El Rímac. Le interesan la producción audiovisual y el periodismo de investigación.
"Corre, Lola, corre".
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